SALMOS 36 7¡Cuán preciosa, oh Dios, es tu misericordia! Por eso los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de tus alas.

Sí, no hay joya más preciosa para mí en esta mañana que tu misericordia. Puede que en otro día sea tu santidad, o tu justicia, o tu paciencia, pero hoy y ahora es tu misericordia y quiero que esa idea y este salmo me acompañen y sean mi refugio al que acudir en todo momento y circunstancia.

Sabiendo yo quien soy y conociendo bien mis propias contradicciones y debilidades, me doy cuenta lo difícil que sería dar siempre pasos en la dirección correcta y que mis palabras y obras fueran dignas ante tus ojos y tu carácter. Por eso confieso y declaro que lo que me sostiene y me hace avanzar no son mis posibles méritos, ni los apoyos de otros como yo, sino tu misericordia; el que aun viéndome miserable y débil, me sigas sosteniendo y guiando.

No solo eso, Señor, sino que además, cuando me agoto en este trabajo diario de agradarte, porque así soy de mezquino, que hasta el hacer lo bueno me cansa, y cuando las presiones de fuera me acorralan y me asustan, siempre puedo venir a ti a buscar amparo, pues siempre estás dispuesto.

Ante tanta miseria que produzco o que me alcanza, siempre encuentro tus alas que me cobijan.

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