Jorge Whitefield

Imprimir

JORGE WHITEFIELD (1714-1770)

SIMPLEMENTE UN SIERVO.

Era calvinista. Vivió dedicado en cuerpo y alma a la obra de su Señor. Predicó llevando innumerables almas a los pies de Cristo. Finalmente durmió. Era simplemente un siervo, nada más, nada menos.

SU VIDA Y SU NACIMIENTO.

Nace en Gloucester (Inglaterra) el 16 de diciembre de 1714. Fue hijo de un posadero. Hemos de decir que la tónica general de su vida fue la pobreza en la que nació. Su padre murió antes de que él cumpliera tres años. Poco después su madre se volvió a casar. Jorge, además de ir a la escuela, limpiaba las habitaciones de la pensión, lavaba la ropa y vendía bebidas. Eran tiempos en los que sobrevivir económicamente era difícil para su familia.

Aunque muchos autores han tratado de evadir algunas realidades en su vida, Whitefield en su autobiografía afirma que era lo que hoy llamaríamos un “niño pillo", producto del ambiente en que vivía.

Desde joven sintió una gran atracción por la Biblia, y dedicaba mucho de su tiempo al estudio de las Escrituras, a menudo hasta altas horas de la noche. Estudiaba y preparaba "sermones", y en la escuela se le conocía como el "orador''. Su elocuencia fue natural y espontánea desde temprana edad; siempre se había sentido atraído por el trabajo de los clérigos, y a veces les imitaba.

Inició sus estudios en 1733, en la Universidad de Oxford. Al mismo tiempo trabajaba como camarero en un hotel, con el fin de pagar sus estudios.

 

CONVERSIÓN.

Una grave enfermedad en la primavera de 1735 provocó una crisis en su experiencia religiosa, crisis de la que salió espiritualmente fortalecido y que produjo en él una profundidad espiritual que se reflejaría en su asombrosa carrera como predicador. Se puede decir que éste fue el momento de su conversión. Whitefield, relatando su conversión, dice:
"Tras haber gemido bajo el efecto de indecibles tormentos de cuerpo y de alma durante más de doce meses, Dios se dignó librarme de la siguiente manera: Un día noté que mi boca estaba extremadamente seca y amarga; nada calmaba mi sed. Entonces se me ocurrió la idea de que cuando Jesucristo había exclamado: 'Tengo sed', sus sufrimientos llegaban a su fin.

Me eché sobre mi lecho y exclamé: 'Tengo sed, tengo sed'. Al momento experimenté, comprobé en mí mismo que quedaba libre del peso que con tanto agobio me había oprimido. Me vi libre de mi espíritu de dolor y comprendí lo que era en verdad regocijarse en mi Salvador. Durante un tiempo no pude reprimir el canto de salmos allí donde me encontraba. Gradualmente se calmó mi alegría. ¡A Dios gracias! no ha dejado de morar continuamente en mi alma desde entonces, y salvo breves interrupciones se ha ido acrecentando".

Esta experiencia de conversión le llevó a unirse al Club Metodista fundado por Carlos Wesley y dos compañeros más de la Universidad en la primavera de 1729. Unos meses más tarde Juan Wesley sería el director de dicho grupo, cuyo propósito era el de realizar el ideal de Guillermo Law: Vivir una vida absolutamente consagrada.

Con la salud quebrantada, quizá por el exceso de trabajos y estudios, volvió a su casa en Glouscester. Resuelto a no caer en la indiferencia y en la apatía religiosa, estableció una clase bíblica para jóvenes como él. El objetivo era orar y crecer en la gracia de Dios, y no sólo les predicaba y oraba con ellos, sino que también les prestaba servicios manuales.

ORDENACIÓN.

En junio de 1736 buscó la ordenación episcopal; en aquel entonces tenía 21 años. El día anterior a su ordenación lo pasó en ayuno y oración. El domingo siguiente predicó por primera vez. A modo de anécdota hemos de decir que algunos de los asistentes se quejaron de que quince de los oyentes "enloquecieron" al escuchar el sermón. Sin embargo, el presbiterio, al       comprender lo que estaba ocurriendo, respondió que sería muy bueno que los quince no se olvidasen de su "locura" antes del próximo domingo.

Whitefield dividía el día en tres partes: Ocho horas sólo para Dios y dedicadas al estudio, ocho horas para dormir y tomar alimentos, y ocho horas para el trabajo entre la gente. Leía las Escrituras de rodillas y oraba sobre esa lectura. Esto ha sido un elemento común a los grandes hombres de Dios.

Era un hombre profundamente emotivo; muchas noches y muchos días lloraba por sus propios pecados. El escribe: "Otras veces pasé días y semanas enteras postrado en tierra y suplicando a Dios que me librase de los pensamientos diabólicos que me distraían. El interés propio, la rebeldía, el orgullo y la envidia me atormentaban, uno después de otro, hasta que resolví vencerlos o morir. Luchaba en oración para que Dios me concediese la victoria sobre ellos".

Pero Whitefield no sólo lloraba por sí mismo y en la intimidad de una habitación solitaria, Whitefield lloraba cuando predicaba antes de los auditorios de miles de personas y lloraba por ellos, por aquellas almas que tenía delante de sí y que no conocían a su Creador.

MUERTE.

En 1770, a los 65 años de edad, durante el séptimo viaje a América, murió. Después de haber predicado en Exeter fue a Newburyport para pasar la noche en la casa del pastor; al subir al dormitorio se dio la vuelta en la escalera con la vela en la mano y pronunció un breve mensaje a sus amigos que estaban allí y que habían estado insistiendo en que les predicase.

A las dos de la madrugada se despertó; le faltaba la respiración y dijo a uno de sus compañeros: "Me estoy muriendo".

Todo el mundo esperaba que Whitefield a la hora de su muerte diera un testimonio maravilloso, pero él dijo que el Señor le había dado tantas y tantas oportunidades de proclamarle, que a la hora de su muerte no tendría palabras que decir. Efectivamente, esto fue lo que ocurrió.

Una gran multitud vino a su entierro, y cumpliendo la voluntad de Jorge Whitefield, fue enterrado bajo el púlpito de la iglesia.

SU OBRA.

Ningún predicador anglosajón del siglo XVIII mostró tanto poder en el púlpito como el joven Whitefield. Poseía una voz que se podía oír perfectamente a un kilómetro de distancia, a pesar de su débil constitución física y de la dolencia que tenía en uno de sus pulmones. Su voz, expresiva y dramática, con intensa ternura a veces, podía influir a auditorios de miles de personas, como pocos predicadores lo han conseguido. Pudo conmover, por ejemplo, a un hombre tan práctico y religiosamente tan poco ortodoxo como Benjamín Franklin.

Whitifield predicaba en una forma tan vívida, que parecía casi sobrenatural. Se cuenta, a modo de anécdota, que en cierta ocasión estaba predicando a unos marineros; les describió un navío perdido en una tempestad. Toda la escena fue representada con tanta realidad, que cuando llegó el momento de describir cómo el barco se hundía, algunos de los marineros saltaron de sus asientos gritando: "¡A los botes, a los botes!"

Miles y miles de personas escucharon la predicación de este ministro del Evangelio. En un ambiente de escepticismo, personas de clase media y baja principalmente, se emocionaban, lloraban, oraban, dirigían sus ojos al cielo, y sufrían convulsiones bajo los efectos de la predicación de Whitefield; manifestaciones a las que no estamos muy acostumbrados hoy en día. Whitefield, en una de las ocasiones en las que predicaba con resultados de este tipo, escribía: "Yo, mientras los contemplaba, solamente podía pensar una cosa: que ese día había sido el gran día. Parecían personas despertadas por la última trompeta, saliendo de sus tumbas para comparecer al juicio final".

Quizá una de las predicaciones más espectaculares de este siervo de Dios fue aquella en la que predicó solemnemente sobre el texto: "Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio" (He. 9:27). Después de un breve silencio, se oyó un grito de horror proveniente de algún lugar de la multitud; uno de los predicadores allí presentes fue hasta el lugar para saber lo que había dado origen a ese grito. Cuando volvió, dijo: "Hermano Whitefield, estamos entre muertos y moribundos; el ángel de la destrucción está pasando sobre el auditorio". No obstante, Whitefield leyó por segunda vez el texto, y del lado opuesto vino otro grito agudo; nuevamente un estremecimiento de horror pasó por la multitud, otra persona había muerto. Whitefield, en vez de llenarse de pánico, suplicó la gracia del Espíritu Santo, y comenzó con elocuencia tremenda a prevenir del peligro a los inconversos.

Sin embargo, el secreto de su gran cosecha de almas, no era ni su maravillosa voz ni su gran elocuencia. Tampoco se debía a la actitud de la gente para recibir el Evangelio, pues era un tiempo de decadencia espiritual; y además, contó con una gran oposición de parte de las iglesias establecidas que le cerraban las puertas. Su secreto era su gran amor para con Dios y su actitud de siervo.

Whitefield predicó en los campos y en las calles. A veces, ni en los hoteles querían aceptarlo como huésped. En una ciudad fue agredido con palos; en otra le tiraron terrones de tierra... En otra ciudad le destruyeron el púlpito y le arrojaron la basura de la feria. En otras, las autoridades, antes de su sermón, lo amenazaron con prenderlo si predicaba. En otra, mientras predicaba fue apedreado de tal modo que llegó a pensar que le había llegado su hora. Verdaderamente, llevó en el cuerpo hasta la muerte las marcas de Jesús.

Whitefield era un hombre absolutamente libre de sentimientos denominacionales, en una época en que éstos eran por lo general intensos. Estaba dispuesto a predicar en cualquier parte y en cualquier púlpito que se le ofreciera. Halló afines a él a los que ya estaban predicando el avivamiento. Tuvo más seguidores entre los presbiterianos y congregacionalistas que entre sus hermanos anglicanos. Su mensaje era de la gracia perdonadora de Dios, de la paz mediante la fe en Cristo, y la consiguiente vida de gozo y servicio.

Gran parte de su ministerio se desarrolló en América del Norte, especialmente en el año 1740, que fue por lo que se denominó el Gran Avivamiento. El éxito fue tanto en las colonias del centro como en Nueva Inglaterra. Su sistema de trabajo consistía en giras de predicación; su última gira fue en 1769. Atravesó el Atlántico siete veces, visitó Escocia catorce veces, fue a Gales varias veces, estuvo en Holanda, pasó cuatro meses en Portugal, y en las Bermudas también ganó almas para Cristo.

Por último, debemos señalar que la mayor parte de sus viajes a América del Norte fueron por causa del orfanato que fundó en la colonia de Georgia. Vivía en la pobreza y se esforzaba por conseguir lo necesario para el orfanato. Amaba a los huérfanos y les escribía cartas personales; para muchos de esos niños no sólo era el único padre sino el único medio de sustento.

LA RELACIÓN ENTRE WESLEY Y WHITEFIELD.

Recordemos que Whitefield conoce a Wesley en Oxford, cuando formaban parte del Club Metodista.

La iglesia oficial de Inglaterra se molestó por las actividades de los metodistas. Wesley fue amenazado y censurado por el primado; fue en este momento cuando se entregó en manos de Whitefield, quien le enseñó a predicar al aire libre. Esto ocurrió en Bristol.

Las convicciones teológicas de ambos cristianos se oponían. Mientras Whitefield era un convencido calvinista, Wesley era un convencido arminiano. El problema de la predestinación opuso a ambos líderes. Whitefield pidió a Wesley que se abstuviera de predicar sobre esta cuestión, de la misma forma que él lo hacía; pero Wesley publicó un importante sermón sobre la libre gracia, que en definitiva era una declaración de guerra doctrinal. Whitefield, al principio, no quiso contestar; pero por la presión a que estaba sometido por las amistades, tuvo que hacerlo afirmando sus creencias. En este momento los metodistas se dividen y los seguidores de Whitefield se agrupan en sociedades que fueron apoyadas y sostenidas por Lady Huntingdon, una viuda rica, que los dotó de capillas y de un seminario pastoral en Gales.

Llegó a reunir bajos sus auspicios a 67 comunidades de tipo congregacionalista. La tensión fue acrecentándose de tal forma, que tuvieron que hacer un acuerdo para delimitar el terreno de trabajo. A pesar de sus diferencias, estos dos grandes líderes mantuvieron una amplia correspondencia en la que intercambiaban sus puntos de vista.

Cuando murió Whitefield, Wesley pronunció un elogio hacia su persona en las capillas metodistas de Londres.

2014
Julio
Lu307142128
Ma18152229
Mi29162330
Ju310172431
Vi41118251
Sa51219262
Do61320273

J!Analytics

© 2011 Iglesia Evangélica de Ciudad Real. Todos los derechos reservados.