Dones y diplomas

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“Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios” (1ª Pedro 4:10)

Supongamos que tuviéramos la ocasión de asistir a un culto dominical en una iglesia de muchos miembros, y que después del culto, que nos ha gustado, pudiéramos charlar brevemente con el pastor o uno de los ancianos, de la forma siguiente:

- ¡Cuánto he disfrutado el tiempo de alabanza! La congregación cantaba con alegría, mientras los músicos daban el acompañamiento que me parecía perfecto.

- Es que todos nuestros músicos han aprobado exámenes relacionados con los instrumentos que tocan.

- Me fijé también en las ganas que tenían los niños de ir a sus clases de la Escuela Dominical cuando llegó el momento de hacerlo

- Sí. Esta iglesia tiene un equipo muy competente de maestras y maestros. Todos ellos han obtenido el título de Puericultura, así que sabemos que nuestros niños están en buenas manos. De hecho, tenemos la norma de que cualquier miembro que quiera involucrarse en algún ministerio, tenga que estudiar para obtener el diploma correspondiente antes de poder ser admitido en un equipo ministerial.

Desconozco si existe una norma de esta clase en alguna iglesia local. Lo que sí sospecho es que algunos creyentes se han dejado influir por la creencia mundana de que una persona vale para algo solamente si puede demostrarlo mediante un título académico. Por eso, pienso que es conveniente considerar el tema de los dones y los diplomas a la luz de la Biblia.

Cuando los apóstoles de Jesús comenzaron a predicar el Evangelio, lo hicieron en base del poder del Espíritu Santo que vino sobre ellos el día de Pentecostés. Estos hombres no habían tenido la experiencia de estudiar en ninguna escuela rabínica, sino que, como reconocieron las autoridades judías después de interrogar a Pedro y a Juan, eran “hombres sin letras” (Hechos, cap.4, v.13).

Posteriormente, tanto Pedro como Pablo hablaron en sus epístolas acerca de los dones que Dios les da a los creyentes para que la obra del Evangelio siga avanzándose en este mundo, pero en ningún lugar de sus escritos se encuentra referencia alguna acerca de la necesidad de añadir unos conocimientos académicos al uso de los dones.

Ahora bien, no quisiera dar la impresión de estar en contra de que un creyente consciente de un don que Dios le haya dado, decida estudiar para obtener un título relacionado con el mismo. Esto puede ser muy útil para tal persona, si tiene el tiempo y la motivación suficientes para hacerlo. Sin embargo, entiendo que Dios no exige que el uso de un don dentro de una iglesia local o cualquier otro grupo cristiano tenga que ser el resultado de haber conseguido un diploma. Para ser “buen administrador de la multiforme gracia de Dios”, el creyente tiene que comprometerse a poner sus dones al servicio de sus hermanos en Cristo para la gloria de su Señor. Cuando existe este compromiso, tanto por parte del creyente que es diplomado como por parte de aquél que no lo es, el uso de los dones puede llevar mucho buen fruto que impulse el avance del Reino de Dios.

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