que es la santidadRETIRO DE MUJERES EN PALMA DE MALLORCA

Introducción

Esta mañana vimos en la primera parte lo que significaba la santificación, las diferencias entre la justificación y la santificación, el proceso de la santificación y la parte de Dios y el hombre en la santificación.

Quizás fue la parte teórica, pero en esta segunda charla quiero ser más práctica y que veamos cómo trabajar nuestra santificación en nuestras vidas, los medios que Dios nos ha dejado y los frutos de la santificación.

La santificación afecta a toda la persona

A nuestra mente

Hay muchas personas que piensan que solo afecta a su espíritu, y eso es una mala enseñanza. Todo nuestro ser entero debe ser afectado y transformado. La santificación es un proceso que afecta a la mente, al intelecto e inteligencia. No somos lo que pensamos que somos, sino lo que pensamos, eso somos (Proverbios 23:7). Pablo nos dice que debemos vestirnos de la nueva naturaleza “que se va renovando hasta el conocimiento pleno” (Colosenses 3:10), también (Romanos 12:2) “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento”. Tenemos que llevar “cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2ª Corintios 10:5). (Filipenses 4:8) “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad”. Nuestra santificación en la mente nos tiene que llevar a que cada vez nuestros pensamientos sean los pensamientos de Dios, que Él nos imparte por medio de su Palabra.

A nuestras emociones

Conforme vayamos creciendo en santidad veremos que nuestras emociones, sentimientos y deseos ya no son los de antes. Antes amábamos el mundo y sus pecados, ya no. Antes estábamos llenas de amargura, ira, enojo, gritería y maledicencia, y toda malicia (Efesios 4:31). Ahora tenemos amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza (Gálatas 5:22).

A nuestra voluntad

Antes de conocer el evangelio seguíamos la corriente de este mundo y hacíamos lo que era voluntad del príncipe de este mundo (Efesios 2:2-3), ahora que somos nuevas criaturas y vamos creciendo en santificación, nuestra voluntad se conformará más a la voluntad de Dios (Filipenses 2:13) “Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad”.

A nuestro espíritu

La parte no física de nuestro ser. Debemos purificarnos de todo lo que contamina el cuerpo y el espíritu, para completar en el temor del Señor la obra de la santificación. (2ª Corintios 7:1) “… Limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor del Señor”.

A nuestro cuerpo

Pablo dice:”Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1ª Tesalonicenses 5:23). (2ª Corintios 7:1) “… Limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor del Señor”; (1ª Corintios 9:26-27) “Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”. (Romanos 6:12) “No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias”. Debemos de tratar a nuestros cuerpos con cuidado y dignidad, no deben ser abusados ni maltratados, para que sean útiles y sensibles a la voluntad del Señor. (Romanos 12:1) “… que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional”. (1ª Tesalonicenses 4:1-7) “… pues la voluntad de Dios es vuestra santificación… pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación”.

Los medios de la santificación

Ya hemos visto cómo la santificación no la podemos arrinconar a un área de nuestra vida solamente, sino que afecta a todo nuestro ser.

Ahora bien, ¿cómo se desarrolla este proceso de la santificación en nosotros? El Espíritu está en nosotros y nos guía. Obra en nuestras voluntades, crea un deseo de santidad, muestra el pecado en nosotros en toda su fealdad y crea un anhelo por ser más puros y santos.

Además de eso, el Espíritu nos da fuerza y nos capacita para luchar contra el pecado y para que seamos guiados por Él. ¿Cómo se produce esto en nosotros? Vamos a ver los medios más importantes que nos ayudan en nuestra santificación:

La Palabra de Dios

Para ser conforme a Cristo, debemos empezar a pensar como Él lo hizo. Necesitamos la “mente de Cristo”. Tenemos que amar lo que Él amaba y despreciar lo que Él despreciaba. Tener las mismas prioridades que Él tenía, hacer la voluntad de su Padre. Pero esto no se va a llevar a cabo sin su Palabra. No debemos conformarnos con la leche espiritual, debemos profundizar más en su Palabra y anhelar el alimento sólido espiritual.

El Espíritu Santo va a obrar por medio de la Palabra. ¿Cómo podemos esperar ser santos y hacer la voluntad de Dios si descuidamos los medios de gracia que Él nos ha proporcionado y leemos pocas veces el único libro que nos muestra lo que es la santidad? No podemos esperar que el Espíritu Santo nos revele de forma milagrosa lo que ya nos ha revelado en su Palabra.

Tenemos que saturarnos de la Palabra de Dios, porque es por ella que el Espíritu nos habla y obra en nosotros. Jesús en su oración antes de morir dijo “Santifícalos en tu verdad” (Juan 17:17), ¿cuál es su verdad? ¡Su Palabra! Leamos su Palabra y profundicemos en ella, pero dejemos que actúe en nosotros y pongámosla en práctica.

La oración

La oración es uno de los medios más poderosos para crecer en santidad. Cuanto más tiempo pasemos en oración y nos acerquemos a Dios y le veamos espiritualmente hablando, más veremos nuestra pequeñez, nuestro pecado y nuestra dependencia de Él.

La oración no es ir con una lista de compras delante de Dios, es luchar en oración con Dios. Es un trabajo, una disciplina, cuesta mucho porque no es natural en nosotros mismos. Debemos perseverar en oración y confiar que Dios nos oye y nos responde conforme a su buena voluntad.

El Señor, que era Dios mismo necesitaba orar al Padre, y se levantaba temprano buscando lugares desiertos y tranquilos para orar. Hazlo una costumbre en tu vida. Muchos cristianos dicen que solo oran cuando lo sienten, ¡qué engaño del diablo! Conocemos a niños poco comedores, pero sus madres les fuerzan a comer aunque no tengan hambre porque lo necesitan, si no comen enferman. Así con la oración, tú ora, ora, y Dios irá obrando en ti. Busca un sitio tranquilo en tu casa y a la hora que mejor te venga, cuando haya más tranquilidad y sin prisas, pero ¡ora!

La comunión con los santos

El cristiano que busca una vida más santa será fiel en el culto público y la comunión con los hermanos. Es a través de la predicación fiel y consecutiva de todo el consejo de Dios, que el Espíritu Santo nos habla, nos convence de pecado y nos muestra a Cristo. Si no vamos a los cultos nos perdemos el que Dios nos hable, nos exhorte y edifique.

Cuando alguna persona es salva, una de las señales de su salvación es que no se quiere perder ninguna reunión. Siempre está dispuesta a ir donde se predica la Palabra, hay un deseo y amor ardiente por ella. Por eso debemos exhortarnos unos a otros a no dejar de reunirnos como algunos lo tienen por costumbre “Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca” (Hebreos 10:25). Al revés, debemos coger la buena costumbre de ir a los cultos.

Al asistir a los cultos no solamente adoramos a Dios y escuchamos su Palabra, sino que buscamos la comunión con los hermanos. Debemos desear estar los unos con los otros y edificarnos mutuamente. Hay un peligro cuando la iglesia crece y se hace demasiado grande. Se tiende a hacer grupos de personas, con las que me caen mejor o que me identifico más con ellas. Pero aunque esto sea inevitable, tenemos que esforzarnos en hablar y tener comunión con todos. Los jóvenes con los mayores y viceversa. Los grupos de españoles y los latinos, los que me caen mejor con los que no tengo tanto en común. En fin, debemos de buscar los medios para hablar y conocer a todos los hermanos y no cerrarnos herméticamente en mi grupito de la iglesia en mi burbuja.

Un medio práctico para no caer en eso es practicar la hospitalidad con todos. ¿Cuándo fue la última vez que invitaste a un hermano a tu casa a comer o a tomar un café? Te sorprenderás al hablar y conocer a otros hermanos que pensabas que no te iban a aportar nada, saldrás bendecido y serás de bendición al otro.

Tenemos que tener cuidado de no apoyarnos solo y únicamente en los medios de la santificación, sino en el Dios de toda gracia. El moralismo propio impulsa a la soberbia, y la santificación promueve a la humildad y a la contrición.

Los frutos de la santificación

Mirad, mucha gente se conforma con que ya son salvos, se gozan y nos gozamos con ellos, pero la salvación es el comienzo. Como hemos dicho anteriormente, no hay salvación sin santificación, no nos engañemos. Por lo tanto tenemos que examinarnos a nosotros mismos y ver si están los frutos de la santificación en nuestras vidas.

Cuando hablo de frutos no me refiero únicamente a las obras buenas externas que han de darse en el creyente, el que robaba no robe más, el que mentía o adulteraba, no lo haga más (Efesios 4:28). Eso está bien, pero tenemos que buscar el fruto del Espíritu que nos habla en Gálatas 5:22-25 “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu. No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros”.

Este fruto sin la ayuda del Espíritu no conseguiremos nada. Es un proceso de todo la vida, no damos este fruto y ya lo tenemos para siempre, tenemos que estar siempre dándolo. Un árbol no da fruto solamente un año y luego deja de dar, algo está mal que hay que tratar si fuera así. El árbol dará su fruto constantemente si es un árbol bueno y sano (Mateo 12:33; 7:17).

Aplicación y exhortación

Quiero que nos demos cuenta del estado tan peligroso en que se encuentran algunas personas que profesan ser cristianas, pero no lo son. Empieza mirando tu corazón y no tu religiosidad. Puedes externamente hacer todo lo que hace un creyente verdadero y no conocer al Señor. Por lo tanto mira si estás confiando y descansando en la obra de Cristo para tu salvación, y mira si estás caminando en santidad, si hay crecimiento espiritual en tu vida porque “Sin santidad nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14) “nadie”.

Si eres un verdadero cristiano debes crecer y caminar en santidad. No vale solo con decir palabras, hay que andar, ponerse en camino. Es precioso cuando en la Biblia se nos habla de Enoc “Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios” (Génesis 5:24). Caminó Enoc de tal manera con Dios que no vio muerte. ¿A qué se refiere caminó? Bien, Hebreos 11:5 nos lo dice, caminar con Dios no es otra cosa que agradarle. Le agradamos obedeciéndole y sometiéndonos a su verdad, a su Palabra.

La santificación no es fácil, es un trabajo, un esfuerzo “Ejercítate en la piedad” (1ª Timoteo 4:7) le manda Pablo a Timoteo. Cuando nos ejercitamos en algo, lo practicamos como un deporte, perseveramos en ello, así hay que hacer con la santificación. Siempre estaremos en esta vida creciendo en santidad y nunca podremos decir ya he llegado, ya lo he conseguido. Eso lo diremos cuando estemos con el Señor.

Quiero acabar con una promesa hermosa que encontramos en las Escrituras, una de las metas de la santificación es ser más parecidos a Cristo, y aunque aquí no lo lograremos nunca, mirad lo que se nos ha prometido: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aun no se ha manifestado lo que hemos de ser, pero sabemos que cuando Él se manifieste (Cristo), seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es” (1ª Juan 3:2).

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