llamamiento“Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 P. 2:9). La iniciativa parte de Dios (escogidos, adquiridos, llamados). Si somos cristianos es porque un día él nos llamó. En la parábola del buen pastor el apóstol Juan confirma que Dios nos llama por nuestro nombre y, nosotros, como ovejas, reconocemos la voz del pastor amado y le seguimos (Jn. 10:2-4). La misma voz omnipotente que creó el universo nos llama y no podemos resistir su llamado, como lo expresa el libro de Isaías: “así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié” (Is. 55:11), y de la misma manera que cuando Mateo escuchó la voz de Jesús —“sígueme”—, se levantó y lo dejó todo para seguir al Señor, así nosotros cuando oímos su llamado dejamos nuestra vieja vida atrás para andar en pos del Maestro (Mt. 9:9).

A lo largo y ancho de las Escrituras encontramos a Dios llamando al arrepentimiento y ofreciendo el evangelio a todo ser humano: “A todos los sedientos: Venid a las aguas”; “id, y haced discípulos a todas las naciones”; “Dios […] manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Is. 55:1, Mt. 28:19, Hch. 17:30). Si esto es así y Dios tiene el poder de llamar de forma irrechazable, la pregunta aparece por sí sola: ¿por qué no todos los que escuchan se arrepienten de sus pecados y siguen a Cristo? Citamos a Sinclair Ferguson: “Tenemos aquí una extraña ambigüedad. Por un lado, el llamamiento de Dios parece tener un poder creador. Por otro lado, Dios abre sus brazos y su corazón al llamar a los rebeldes hombres y mujeres, pero su llamada parece caer vacía en la tierra, sin encontrar ninguna respuesta positiva. Es irresistible y sin embargo, ¡parece que puede ser rechazada!”.(1)

El señor Fergurson tiene razón, el Nuevo Testamento declara que muchos son llamados pero pocos escogidos, mostrando un contraste entre los muchos que oyen y los pocos que responden. El Antiguo Testamento recoge la misma idea: “llamé, y no respondisteis; hablé y no oísteis, sino que hicisteis lo malo delante de mis ojos, y escogisteis lo que me desagrada” (Is. 65:12). ¿Cómo reconciliar —en las palabras de Sinclair Ferguson— esta “extraña ambigüedad”? Para entender estos aspectos del llamado debemos diferenciar entre el Llamamiento general o externo y el Llamamiento eficaz o interno.

Llamamiento general

El llamamiento general o externo es la invitación universal a arrepentirse del pecado y recibir a Cristo como único Salvador. Esta invitación es ofrecida normalmente a todo ser humano por la predicación del evangelio (Mr. 16:15, Ro. 10:14).

Dios llama a través de la creación: “Los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Sal. 19:1); “porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (Ro. 1:20). Dios se da a conocer a través de su obra, estimulando nuestro razonamiento y animando nuestra búsqueda de respuestas a las preguntas existenciales. “La llamada a todos los hombres, la que muestra a Dios, su gloria y su obra, se eleva sobre las barreras del lenguaje y de la cultura”.(2)

Dios llama a través de la conciencia: “[...] mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Ro. 2:15). Pablo llama a la conciencia “la ley escrita en el corazón” y ésta pone a todos los hombres ante una responsabilidad moral. Alguien ha dicho que la conciencia es el detective divino puesto en nuestro ser y, como tal, es un poder externo que nos avisa cuando vamos en contra de la ley divina.

Dios llama a través de la predicación: “agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación” (1 Co. 1:21); “¿Y cómo oirán sin haber quién les predique? (Ro. 10:14). La predicación de la Palabra de Dios es el medio más usado para llamar al arrepentimiento. Es ofrecida sinceramente a todo ser humano (justos e injustos / elegidos y reprobados) y cualquiera que respondiere a este llamado, será salvo.

Louis Berkhof comenta los beneficios de esta llamada general: “Sirve al propósito de, no simplemente traer los elegidos a la fe y a la conversión, sino también de revelar el gran amor de Dios para los pecadores en general. A través de ella Dios mantiene su exigencia de que todas sus criaturas racionales deben obedecer, restringe la manifestación del pecado, y promueve la justicia civil, la moralidad externa e incluso los ejercicios religiosos internos”.(3)

Este llamamiento puede ser resistido y rechazado, como podemos ver en la conducta de Israel o en versículos como Juan 1:11: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron”.

Llamamiento eficaz

El llamamiento eficaz o interno es: “A todos aquellos que Dios ha predestinado para vida, y solamente a ellos, le agradó en su tiempo señalado y aceptado, llamarlos eficazmente, por medio de su Palabra y Espíritu, de aquél estado de pecado y muerte en el que están por naturaleza, al estado de gracia y salvación por medio de Jesucristo; iluminando sus mentes espiritual y salvíficamente para entender las cosas de Dios; quitándoles su corazón de piedra y dándoles uno de carne; renovando sus voluntades, y determinándoles a hacer lo que es bueno por su poder todopoderoso y acercándoles eficazmente hacia Jesucristo; pero de tal manera que vienen muy libremente, pues, por su gracia Dios les da tal disposición”.(4)

Los cristianos son comúnmente descritos como llamados: “os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados” (Ef. 4:1); “oramos siempre por vosotros, para que nuestro Dios os tenga por dignos de su llamamiento” (2 Ts. 1:11; cf. Ro. 1:6, 1 Co. 1:2, Gá. 1:6, Fil. 3:13, 14, Col. 3:15).

llamamiento 2El llamamiento eficaz es irresistible; nada ni nadie se le puede oponer. Es el mismo Dios que llamó a Lázaro de entre los muertos y ni siquiera en ese estado le pudo desobedecer (Jn. 11: 43-44). Recordemos que el ser humano está muerto —espiritualmente hablando— en sus delitos y pecados (Ef. 2:1), no puede y no quiere responder a la invitación de Dios. Es la misma imagen que encontramos en El valle de los huesos secos (Ez. 37:1-14). Dios tiene que intervenir para que haya vida donde antes solo había muerte. El profeta Jeremías lo explica de forma magistral: “¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal?” (Jer. 13:23).

Entenderemos mejor este llamado si lo vemos como parte de una cadena. En Romanos, capítulo 8, encontramos los siguientes versículos: “Y a los que predestinó, a estos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a estos también glorificó”. Claramente, Dios tiene un propósito y un plan definido —como vimos en la lección 3ª— y en este versículo llamado la cadena de oro vemos como es Dios el que toma la iniciativa. El llamado eficaz es un acto divino totalmente inmerecido por el hombre (1 Co. 1:26-29), cuyo origen es Dios mismo y realizado por el poder del Espíritu Santo. En la cadena de oro de Romanos vemos una secuencia; aquél que empezó la buena obra, la acabará (Ro. 8:32). Habiéndonos conocido —o amado como dicen otros versículos— desde la eternidad, en el momento oportuno, dentro del espacio y el tiempo, nos llama para así empezar el proceso de salvación que culminará con nuestra glorificación y cuyos efectos nos beneficiarán continuamente por los siglos de los siglos.

No olvidemos que Dios nos llama a ser santos (1 P. 2: 9, 21) como parte de este proceso y que nuestra ciudadanía no es de este mundo; somos llamados a ir a nuestro hogar celestial (Fil. 3:20; 2 Ts. 2:13-14). Todo esto debería producir en nosotros una gratitud inmensa pues si Dios no tomara la iniciativa, nunca conoceríamos la salvación.

BIBLIOGRAFÍA

1. Sinclair B. Ferguson, La vida cristiana, p. 41, Editorial Peregrino, Moral de Calatrava, (Ciudad Real), 1998.

2. Ibíd., p. 41.

3. Louis Berkhof, “Systematic Theology”, p. 457, The Banner of Truth Trust, Edinburgh, 1998.

4. G.I. Williamson, La confesión de fe de Westminster”, p. 139, El Estandarte de la Verdad, Philadelphia, 2004.

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